35730660-1 Alas de agua: Capítulo 1 (Parte I)

11 de noviembre de 2012

Capítulo 1 (Parte I)

Elisa

Me dispongo a llenarme la boca de chuches, palomitas y dulces. Estoy justo enfrente de una mesa enorme llena de todo tipo de “calorías”, como diría mi mejor amiga Sofía que se pasa el día pensando en lo que come. A decir verdad, no sé como lo hace para no probar siquiera un poquito de chocolate. ¡Con lo bueno que está! Así que me voy a comer todo este manjar en tu honor Sofí, sí señor. 
Me pongo un bombón de chocolate blanco y almendras en la boca y cuando estoy apunto de saborear su dulce sabor empiezo a temblar. No sé que me pasa. No paro de temblar y la comida desaparece. No, no la he probado todavía. 
-Elisa, Elisa. –grita una voz de fondo, me suena.– Son las ocho menos veinte, vamos a llegar tarde a clase. ¡Elisabeth Romero Muntesconi,  despierta!
Entonces caigo en la cuenta de que todo era un sueño. Sabía que era demasiado bonito para ser verdad. Abro los ojos lentamente para que no me dé la luz de pleno en los ojos.
-¿Hola? –pregunto aún con la cabeza llena de golosinas y demás azúcares que nunca llegaré a comer. 
-Llegas tarde, yo me voy ya. –esto ultimo me desvela por completo... no se suele ir sin mí, a no ser que sea muy muy tarde. ¡Mierda! 
Me visto lo más deprisa que puedo. Calcetines, pantalón y camiseta vuelan hasta mi cama sin pararme a mirar si combinan o si tendré frío con ellos. Mientras me ato el pelo con dos coleta altas pienso ¿por qué siempre me acabo durmiendo y llegando tarde? Miro el reloj: son las 7:50. Cojo mi mochila, bajo corriendo las escaleras y cojo un zumo de la nevera.
-Hasta luego, Gretha y Antonio –me despido de los padres de Sofía. A lo que estos responden con una sonrisa y un movimiento de cabeza respectivamente. No es que no me hablen ni nada, es solo que nunca me han hecho mucho caso. 
Papá y mamá murieron cuando yo era muy pequeña y eran muy amigos de los padres de Sofía. Ellos me cuidan desde entonces, pero ya tenían una hija: mi mejor amiga. Así que a ella la miman bastante y de mí pasan, pero a mí ya me va bien ir a mi rollo. Porque ser la hija predilecta significa que tiene que ser obediente en todo, si quiere que sus papis sean generosos. 
Corro, corro y corro. 
Y llego a clase justo cuando suena el timbre. Por los pelos, pienso. 
-Señorita Romero, ¿otra vez tarde? –me reprocha la estricta profesora Natalia Spikgarova.– Ande, siéntese que empezamos la clase de matemáticas. La semana pasada estuvimos hablando de las ecuaciones de...
Me deslizo en silencio hacia mi asiento situado al final de la clase, al lado de Sofía y a la derecha de la ventana, por la que me paso horas mirando. 
-Hola. –susurro a mi amiga fingiendo que presto atención a la aburrida clase de mates.
-Hola, ¿te ha dado tiempo a desayunar? –me responde del mismo modo.
-No. Bueno, sí. Me he bebido medio zumo de camino y casi me atraganto, así que he tirado lo que sobraba. –le digo y luego recuerdo algo– ¿Ya le pediste salir a Santi Merman, el tío bueno de la clase del lado?
-No, ya no me mola. –comenta indiferente. Siempre que le pregunto por el chico por el que anda colada me responde con un nuevo flechazo, es una chica muy enamoradiza.– Ahora estoy pensando en que tú y yo hagamos una pequeña excursión a primero, si sabes lo que quiero decir. He oído rumores de que hay un chico novato que esta como un queso en la clase B.
-No tienes remedio. –suspiro.– Esta bien, vendré contigo.  
Nos ponemos a reír sin venir a cuento. Pero no sé si por mi suspiro, nuestras risas ahogadas o por nuestros planes para el almuerzo, pero parece que a la señora Spikgarova no le hace ninguna gracia y nos llama la atención. Nos callamos durante el resto la clase.
Al volver a casa después de clase de piano... ¿eh? Vaya, se me había pasado por alto ese pequeño detalle. ¿Recuerdas que te dije que los padres de Sofía esperaban mucho de ella? Pues el caso es que desde los tres años que tiene clases de patinaje artístico (sobre hielo) y es condenadamente buena en eso. Pero el problema es que sus padres no me querían “vagueando” por casa mientras su preciosa hija andaba con su profesora particular en la pista de hielo del polideportivo municipal. Así que pensaron que tenia que tomar clases de piano, para “desarrollar mi lado femenino” como dice Antonio. Lo malo es que, en efecto, soy un completo desastre. No es que sea negada ni nada, me defiendo bien en las audiciones de piano. Pero me falta un algo de emoción cuando toco mis canciones, “chispa” según mi profesor Pedro.
En fin. Cuando abrí la puerta me encontré un panorama muy diferente al que me esperaba encontrar –que consiste en Gretha cocinando la cena, Antonio sentado en una butaca leyendo un libro y a mi mejor amiga en nuestra habitación llamando por teléfono a Emily. El recibidor estaba atestado de maletas: las 2 negras discretas de Antonio, la verde con ruedas y neceser a juego de Gretha y la rosa claro con una flor amarilla de Sofía. 
-¿Hola? –digo al presentir que algo iba mal.
Al adentrarme más en casa veo a mi amiga sentada en el sofá con cara de pocos amigos y a sus padres de pie enfrente ella, que se giran hacia mí al verme entrar.
Mientras miro las caras de sus padres en un intento en vano de que me cuenten porque todas las maletas están en la puerta como si... ¡Oh! Ya entiendo.
-Oh, vamos Sofí. –me siento al lado de mi súper-mega-cabreadísima amiga –  No te pongas así ya iremos a primero a ver... ¡ejem! Bueno, lo que tú ya sabes cuando volvamos de vacaciones.
  Ella me mira, pone los ojos en blanco y me suelta:
-¡Dios! Que lenta eres para pillar las cosas. Si, nos vamos, pero no de vacaciones. Papi ha encontrado trabajo en Nueva York ciudad y nos vamos para siempre. Y he dicho específicamente “nos” porque... –me aclara al ver que una sonrisa ilumina mi rostro al pensar en irnos a vivir a la ciudad de los rascacielos, seguramente llena de tiendas, parques temáticos, famosos...– Pues porque solo nos vamos papi, mamá y yo. No puedes venir con nosotros porque mis padres se niegan a adoptarte para que puedas salir del país sin que los detengan por sacar ilegalmente a una menor de España.
Y, entonces, el mundo se desmorona bajo mis pies, dejándome perdida y desamparada en medio de esta soledad.