35730660-1 Alas de agua: Capítulo 1 (Parte II)

18 de noviembre de 2012

Capítulo 1 (Parte II)

Elisa

Y, entonces, el mundo se desmorona bajo mis pies, dejándome perdida y desamparada en medio de esta soledad. No solo por el hecho de que mi mejor amiga se vaya a vivir a kilómetros y kilómetros de distancia, sino porqué no he conocido otra familia que esta. No es que se hayan esforzado mucho en mantenernos unidos como para que la considere mi familia, pero es la única que conozco y me siento tremendamente sola sin mi mejor amiga a mi lado.
Seguramente acabaré en un centro de menores o algo peor; en la calle. Porque algo es seguro, si los padres de Sofí no son capaces ni de adoptarme legalmente para llevarme fuera del país con ellos, no tomaran medidas en cuanto a mi futuro. De modo que solo puedo hacer la pregunta que resultaría evidente en esta situación:
-Entonces, ¿qué va a ser de mí? ¿Dónde voy a vivir?
Yo paso la mirada lentamente de los ojos de Antonio, Gretha y Sofí esperando un atisbo de compasión en alguno de ellos, que me  permita dormir (los dos años que me quedan hasta la mayoría de edad) en una cama decente y no debajo de un puente. 
-Pues la verdad es que hemos estado pensando en eso y hemos decidido que... –allá va. Ahora es cuando me dice que me manda a un centro de acogida en cualquier barrio de Barcelona, seguramente lleno de tutores gruñones y padres de acogida estúpidos. – ... que te vas a vivir con tu abuelo.
¿Habéis oído alguna vez la expresión “quedarse con la cara a cuadros”? Pues entonces ya os podéis imaginar mi cara en ese momento, aunque más bien diría que estaba flipando en colores dudando sobre si no me habrían cambiado la sal de la comida por algún alucinógeno de diseño. Porque yo no tengo padres, porque yo no tengo familia, porque yo estoy sola. Así que...
-¿Cómo puede ser? ¡Yo no tengo abuelo! –grito casi indignada. Ya me están sacando de quicio, mi paciencia ha llegado al límite. No puedo creerme que se pongan bromistas en la situación en a que estamos.
-Sí tienes abuelo materno, se llama José Rodríguez. Se puso en contacto con nosotros hace un par de meses. Por eso decidí aceptar ese ascenso, en Nueva York. –me aclara Antonio.
Después de tremenda sobredosis de información, obviamente, me desmayé. 
Durante las siguientes dos horas me moví en una nebulosa de recuerdos, sueños y tristezas que se desplazaban por mi mente de manera sigilosa y sin apenas darme cuenta de que los minutos pasaban con rapidez. De esa manera, llego el momento de la despedida en el aeropuerto a las nueve de la noche (si recordáis ellos se iban a vivir a Nueva York). La verdad, yo creía que seria más emotiva (como las despedidas que salen en las películas; todos llorando, esperando a la ultima llamada y todo eso). Pero la realidad fue algo como: “aviso a los pasajeros del vuelo K2L98-A con destino Nueva York, el avión saldrá en 2 horas.”, después los padres de mi mejor amiga me dijeron un seco “Adiós” y Sofí me dijo que ya hablaríamos por el Messenger. 
Pasé una noche horrible en una habitación de hotel que me habían reservado los padres de Sofí, desvelándome cada poco y sumamente triste por la marcha de lo que yo creía que sería mi familia para siempre. A la mañana siguiente desayuné como un pajarito, fui a hacer algunas compras y me pasé el día paseando con la mirada perdida para empaparme del ambiente de Barcelona, mi ciudad, donde había vivido siempre y que dejaría en breve. Con la tontería se me hicieron las 11:30, me pedí un bocata en un restaurante (por el que me cobraron casi cuatro euros), cancelé la habitación del hotel, cogí mis maletas y bajé a la calle.
A continuación, llamé a un taxi y di la dirección de mi nueva casa: la de mi abuelo. Al cabo de 3 incomodas y horribles horas el taxista dijo “hemos llegado, son 25€. Por favor.” Pagué de mala gana tal cantidad de dinero y me apeé del taxi con mis maletas. Con mi mejor sonrisa pique al timbre deseosa de poder decir “¡hola abuelo!”, pero mala suerte la mía que no respondieron. 
-Genial, no hay nadie. –pensé.– ¡En fin! Pues escucharé música, no creo que tarde mucho. ¿No? –y dicho y hecho me puse a escuchar música mientras miraba todos aquellos árboles que rodeaban el único camino que dirigía a la casa.
¡Puf! –seguía pensando.- Llevo un buen rato (por eso se entienden 3 horas y media) esperando que aparezca mi abuelo. Se me ha hecho bastante ameno, ya que llevaba mi mp4, pero por desgracia se me ha acabado la batería y no tengo nada más con lo que entretenerme. De manera que eso me deja con dos posibles alternativas; quedarme aquí sentada bajo este sol abrasador a media hora del pueblo o me pongo a "explorar" el bosque que hay a la derecha e izquierda de la casa. Lógicamente, me decido por lo segundo. Pues bien, dejo mis maletas en el porche, (excepto mi spray de pimienta, por si me encuentro con alguna serpiente asquerosa, que me compre hace mucho tiempo y que me guardo en el bolsillo trasero del pantalón corto que llevaba puesto) detrás de una de las grandes columnas y me dirijo al bosque. 
Camino y camino. 
Debo recordar mis pasos para poder volver sobre ellos. Dos a la derecha, un rato a la izquierda, sorteo un tronco caído, derecha, izquierda un rato... ¿o era derecha? 
Mientras trato de averiguar si era derecha o izquierda se pone a llover así que corro a refugiarme debajo de un tronco enorme mientras veo como cae la tormenta.  
De repente miro a ambos lados: ¡genial! me he perdido y esta todo oscuro porque las ramas y hojas de los arboles no dejan pasar más que débiles rayos de sol. Por alguna razón mi mente se bloquea y corro hacia donde se ve más luz. Me tropiezo y me araño la pierna con una ramita del suelo. ¡Maldita ramita! Sigo corriendo y llego a lo que pensaba seria una casa. 
Pero no. Es una especie de lago muy pequeño rodeado de rocas y animalillos diversos. Estoy cansada y me duele la pierna, que me esta sangrando. ¡Menuda suerte la mía, salgo a pasear y acabo perdida y lesionada!
Y cuando creía que nada más horrible podía pasarme ya, lo oigo. Un ruido de pasos silenciosos y una respiración entrecortada justo a unos metros de mi espalda, detrás de unos árboles. Miro a mi derecha con la esperanza de que la poca luz que se filtra por entre las copas de estos árboles sirva para proyectar una ligera sombra de mi atacante. 
¡Mierda (me susurra la parte de mi cerebro que todavía me responde) parece un tipo enorme! Busco con vista alguna rama o piedra con la que distraerle mientras yo me escapo, pero lo único que veo es musgo. Así que le tiro lo que tengo a mano en cuanto me toca el hombro: mi spray de pimienta (si habéis pensado bien: no me ha ocurrido rociarle la cara, solo usarlo como un "objeto contundente"), mientras grito.
En fin, pues aquí estoy yo sola y perdida en medio de una maraña de árboles cerca de la casa del supuesto abuelo aparecido de la nada que va a ser mi tutor legal los próximos años y con un tío en el suelo que quería... 
¡Un momento! 
Ahora que me fijo parece de mi edad, además no le he preguntado que quería. 
Genial Elisa, me reprocho, casi te cargas a un futuro compañero de clase. Has entrado por la puerta grande a este pueblo de montaña.