35730660-1 Alas de agua: Capítulo 3 (III)

1 de enero de 2013

Capítulo 3 (III)

Elisa     
    
    Dejo mi mente en blanco mientras coloco ambos brazos en el borde de la bañera y apoyo mi cabeza encima. Se oye un ruido fuera del baño, donde se deja la ropa, pero no me importa seguro que será mi imaginación.
     -Mmmm... que calentita esta el agua -digo en un susurro. De repente, oigo como la puerta corredera del baño se abre y alzo la cabeza. Y allí esta, con solo una toalla tapando sus vergüenzas y los ojos como platos mirándome a los ojos... Sam. Tardo dos o tres segundos en seguirle la vista y...- ¡Serás cacho guarro! -me pongo la toalla y le tiro el jabón.- ¡Me estabas mirando! ¡So pervertido, subnormal, idiota!
-Yo creía que... que estabas hablando con mi abuelo y... ¡un momento! -grita de repente mientras esquivaba los objetos que le iba lanzando sin parar.- ¡Yo solo me venia duchar, tonta! Eres tú la que no... no ha cerrado la... puerta. -su mirada que esta dirigiendo a mis ojos de nuevo volvía a bajar y bajar y...- ¡Joder! ¡Mira me voy, cuando acabes me avisas! Pero que conste que me voy porque me da la gana. ¿Entendido?
-Que sí, que sí... ¡Pero vete de una vez, pervertido! -una vez Sam se hubo marchado, yo acabé de ducharme. 
Mientras iba pensando: como puede ser posible el guarro pervertido ese, entrando mientras me duchaba. Seguro que me miraba donde no debía, claro como él tiene ese cuerpo que... que... pues eso. 
La verdad es que, obviamente en contra de mi voluntad, le he mirado un poquito. Ahora recordaba esa mirada que no podía desviar de mí, esa sonrisa de felicidad y vergüenza al mismo tiempo, esa ancha espalda, esa piel ligeramente bronceada, ese abdomen tan marcado por, supongo, la práctica de algún tipo de deporte y... en ese momento deje de recordar. 
¡¿Pero en que diablos estoy pensando?! 
Ya he acabado de ducharme, me pongo mi pijama de tirantes (compuesto por una camiseta gris con un dibujo de la Minnie en azul oscuro con unos pantalones cortos del mismo azul con estampados de lazos) y aviso a Sam. Pobrecito, entre la lluvia, el lago y el rato que ha pasado en el comedor con solo la toalla puesta... espero que no enferme por mi culpa. 
A continuación, me dirijo a mi nueva habitación. Es rectangular con la puerta en uno de los lados estrechos y un gran ventanal que da a un pequeño balcón. Tiene una cama, un tocador, un armario, una estantería y una pequeña mesa, todo de madera de color claro. Me dispongo a ordenar mi ropa y demás posesiones, cuando llaman a la puerta. La abro y me encuentro a mi abuelo parado en el pasillo con los brazos cruzados.
-La cena ya esta lista, baja a cenar o te quedas sin. -me suelta y se va, no sin antes decirme.- Yo ya tengo 57 años y hay cosas que me cuestan hacer. Entre ellos la cocina. Se lo pediría a Sam, pero igual tendríamos un incendio si se acerca a los fogones, así que esa será tu tarea. Te encargaras de hacernos desayuno, comida y cena. ¿Estas de acuerdo con ello?
-¡Por supuesto que sí, abuelo! -le respondo no cabiendo en mí de gozo. Siempre me ha gustado ayudar en casa y cocinar es algo la mar de divertido. Seguro que me lo pasaré genial cocinando la comida.- Estaré encantada de hacerlo. Si necesita alguna cosa más no dude en pedírmelo.
-Esta bien. -dice José mientras comíamos en el comedor los tres juntos.- Sam desayuna zumo y tostadas, yo prefiero café con leche y galletas y tú puedes hacerte lo que prefieras. En cuanto a las comidas haz lo que te de la gana mientras sea comestible. En la caja que hay sobre el tocador de tu habitación hay suficiente dinero para que compres lo que necesites para cocinar. Te daré más al final de cada mes, así que procura administrártelo bien. Bueno yo ya he terminado, me voy a dormir. Hasta mañana.
Sam y yo recogimos en silencio la mesa. Una vez hecho me ofrecí para ayudarle a fregar los platos, él limpiaba y yo aclaraba. Como el silencio ya se me empezaba a hacer molesto, empecé a contarle lo que me había dicho su abuelo y lo de la cocina.
-Así que eso. Yo me encargaré de cocinar para vosotros y para mí. -le miro a los ojos, sonrío y sigo hablando.- ¿Crees que os gustará mi comida?
-Pues... supongo. Por cierto, siento que mi abuelo sea así de borde. De verdad. -me responde algo apenado, pero sin perder su pose de “tío duro”. 
Acabamos de limpiar los platos en silencio y nos dirigimos a nuestra habitaciones (que están una al lado de la otra). 
Él me tiende mi nuevo uniforme de la escuela que había llegado esa mañana por correo y me recomienda que me levante antes de las 7 de la mañana si quiero que me de tiempo ha hacer el desayuno. 
-Gracias por el consejo, Sam. -le sonrío.- Buenas noches, que duermas bien.
-Igualmente, Elisa. -se despide.
Una vez en mi cuarto acabo de ordenar mi ropa en el armario, mi maquillaje, mis cremas y mi perfume favorito de jazmín en el tocador y mis libros en la estantería. Me preparo el uniforme y la cartera para al día siguiente gracias al horario que han adjuntado a los papeles de la matrícula.
Por último, coloco en la pequeña mesa mi más preciado tesoro: la foto de mis padres, ella mostrando su avanzado embarazo con sonrisa cálida y él abrazándola desde atrás con mirada orgullosa de su mujer. 
Felices, sonriendo. 
Sin pensar en lo que cambiaría por completo sus existencias un mes más tarde. 
Yo seria feliz por ellos, continuaría transmitiendo la calidez de mi corazón ayudando a los demás. 
Sonreí. 
Mientras cerraba los ojos dejándome caer en los brazos de Morfeo, no pude evitar que mi último pensamiento fuera sobre él. Aquel que en silencio sufría y guardaba para si los recuerdos imborrables de su triste y solitaria infancia: Sam, mi nuevo amigo.